Trump, Ucrania y la izquierda campista
Trump, Ucrania y la izquierda campista
En los pocos días que lleva en la presidencia, Trump provocó un giro radical, aliándose con Putin en la tarea de desmembrar a Ucrania y suprimir su derecho a la autodeterminación.
Su planteo es: Rusia no inició la guerra. Los intereses de Moscú son atendibles y están por encima del derecho de Ucrania a ser una nación independiente. Ucrania debe ser realista y renunciar al 20% de su territorio, ocupado por Rusia. Además, exige a Ucrania que “devuelva” a EEUU 500.000 millones de dólares en compensación por la ayuda militar recibida desde 2021. Para eso Ucrania cedería a EEUU el control de sus recursos minerales críticos y de infraestructura de petróleo y gas. La propuesta incluiría la creación de un fondo especial, supervisado por EEUU, al que Ucrania contribuirá con el 50% de los ingresos por la venta de los minerales y materias primas provenientes de yacimientos que no se hayan explotado hasta ahora. En resumen, todo esto equivale a reducir a Ucrania a un status de colonia de EEUU.
El giro es vertiginoso: el 3 de febrero Trump lanzó la propuesta sobre “las tierras raras muy valiosas que posee Ucrania”. El 18 de febrero los representantes de Washington y Moscú se reunieron en Arabia Saudita, para acordar las condiciones para terminar la guerra, sin participación de los ucranianos, y los europeos. El 24 de febrero EEUU votó en contra de una resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas condenando la invasión rusa. Lo hizo junto a Rusia, China, Bielorrusia, Israel y Corea del Norte. En la vereda opuesta, 93 países votaron a favor; y 65 (entre ellos Argentina) se abstuvieron. El 28 de febrero se realizó la reunión televisada en la cual Trump, y su vicepresidente Vance, acusaron a Zelensky de haber iniciado la guerra y le exigieron sumisión. El 3 de marzo EEUU suspendió la entrega de ayuda militar a Ucrania (representa el 30% del total de ayuda militar que recibe).
Imponen condiciones brutales a un país devastado
El acercamiento Putin Trump tiene como premisa el fin de Ucrania como nación políticamente independiente. La condición de posibilidad de esta imposición neocolonial es un país que ha sido arrasado por el mucho más poderoso ejército ruso.
Algunos datos: hasta febrero de 2025 está confirmada la muerte de 12.600 civiles (aunque se estima que la cifra es mayor); más de 29.000 personas fueron heridas; 2400 niños han sido muertos o heridos; murieron 46.000 soldados y otras decenas de miles están desaparecidos o en cautiverio; más del 10% de las viviendas de Ucrania (unos dos millones) han sido destruidas o dañadas; la infraestructura está seriamente afectada; dos millones de familias no tienen refugio seguro; 3600 centros educativos han sido atacados; 12,7 millones de personas necesitan ayuda humanitaria; 3,7 millones se han desplazado dentro del país; 6,9 millones se trasladaron al extranjero.
Los daños a la población civil, a la infraestructura y capacidad productiva, han sido incomparablemente menores en Rusia. El grueso de los 95.000 soldados rusos que perdieron la vida (el número es incierto), murieron en territorio ucraniano. ¿Cómo se puede seguir diciendo que la guerra la desató Ucrania?
El derecho a la autodeterminación nacional y el caso del Euromaidán
Lo hemos explicado en otras notas, y lo recordamos ahora: la autodeterminación es el derecho de un país a constituirse como nación independiente. O sea, el derecho a tener un Estado y gobierno políticamente independientes. Es cierto que el gobierno de Zelensky es un gobierno capitalista, pero no por ello dejamos de defender el derecho de los ucranianos a la autodeterminación.
Contra lo que muchas veces se piensa, la autodeterminación nacional no es una demanda anticapitalista. No rebasa los límites del capitalismo (como en general ocurre con las demandas de un programa mínimo reivindicativo). Cuando hablamos de independencia no nos referimos a independencia económica. Todo país inserto en el mercado mundial depende de factores que no controla (incluso si se trata de una economía cerrada como la de Corea del Norte). Pero no por ello la autodeterminación nacional carece de importancia. La lucha de los ucranianos contra la invasión rusa es por preservarse como nación. Si no se reconoce el derecho a la autodeterminación nacional, el internacionalismo proletario se transforma en una frase hueca, es palabrerío izquierdista.
Por lo explicado más arriba, se plantea el tema de la actitud que debería adoptar la izquierda frente a movimientos de liberación nacional cuando los mismos están dirigidos por fuerzas burguesas. Es frecuente que sectores de la izquierda les nieguen su apoyo “porque están dirigidos por capitalistas”. Un caso ilustrativo de esta posición lo encontramos cuando fue el giro de Ucrania, entre 2012 y 2014, en dirección a la Unión Europea, distanciándose de Rusia. Por entonces una parte significativa de la burguesía ucraniana promovió el Acuerdo de Asociación entre Ucrania y la UE, que sellaba el giro. Sin embargo, el presidente pro ruso Yanukovych suspendió (noviembre de 2013) la firma del acuerdo. Estallaron masivas manifestaciones de protesta. El movimiento, que se conoce como Euromaidán, pedía la integración con la UE y reformas políticas. Yanukovych terminó renunciando y se refugió en Rusia.
Lo importante para lo que nos ocupa es que buena parte de la izquierda consideró que Euromaidán era reaccionario, y que Putin era progresivo en relación al capitalismo europeo. En consecuencia, el derecho a la autodeterminación ucraniana debía ser ignorado. Un argumento insostenible: es que si hablamos del derecho a la constitución de una nación burguesa, es absurdo alegar que ese derecho no se debe ejercer porque la nación está bajo dirección de la burguesía. Si ponemos como condición para que la autodeterminación nacional sea progresiva la toma del poder por el proletariado estamos, de hecho, negando el derecho a la autodeterminación. Lamentablemente, este es el criterio que ha imperado en la mayoría de la izquierda frente a la invasión rusa.
Los niños secuestrados, quebrar la resistencia nacional
Desde el inicio de la invasión, en febrero de 2021, Rusia deportó por la fuerza a miles de niños ucranianos a áreas bajo su control; les impuso ciudadanía rusa y tomó medidas para que no se reúnan con sus familias. Se habla de decenas de miles de niños (algunos llegan a barajar la cifra de 300.000). Datos y denuncias sobre estos secuestros fueron suministrados por la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos; por la Corte Penal Internacional; Amnistía Internacional y Missing Children Europa. La ONU ha declarado que estas deportaciones constituyen crímenes de guerra. Pocas medidas evidencian el carácter brutal y reaccionario de la intervención rusa en Ucrania. Pero esto a los filo-fascistas como Trump y los suyos (Milei incluido) los tiene sin cuidado.
Neocolonialismo y política de ultraderecha
El rechazo de Trump de la autodeterminación nacional de Ucrania encaja con las amenazas que ha lanzado de apoderarse del Canal de Panamá (“mi gobierno recuperará el Canal y ya hemos empezado a hacerlo”); de Groenlandia (“de una manera u otra nos la vamos a quedar”); incluso de Canadá. A lo que hay que sumar la propuesta de desplazar a toda la población de Gaza. Estamos entonces ante un programa neocolonialista. Encierra el objetivo de suprimir el derecho a la existencia de naciones independientes, recurriendo, si fuera necesario, al aplastamiento del país dominado y su ocupación por la potencia imperialista.
Dos ejes políticos potencian esta orientación. Por un lado, la guerra comercial, que tiene como principal objetivo a China, y secundariamente al capitalismo europeo. El proteccionismo y las guerras de tarifas exacerban los enfrentamientos nacionales, dividen a los trabajadores, y conforman una orientación extremadamente reaccionaria desde la perspectiva del desarrollo de las fuerzas productivas.
Por otro lado, el ataque al derecho a la autodeterminación y la guerra económica van de la mano, al interior de EEUU, de los ataques xenofóbicos y racistas a los inmigrantes; las deportaciones de miles de centroamericanos, mexicanos, venezolanos y otras comunidades; el indulto a 1600 golpistas (enero de 2021, asalto al Capitolio) de ultraderecha y filo fascistas; el retiro de EEUU del Acuerdo de París por el Clima; la propuesta de abolir la nacionalidad por lugar de nacimiento; las restricciones a la libertad de prensa; la ofensiva contra empleados y funcionarios del Estado que promueven iniciativas por la diversidad, equidad e inclusión; y el apoyo a gobiernos con programas igualmente reaccionarios y ultraderechistas. Entre estos, el gobierno de Putin (supresión de la libertad de prensa, de reunión, de asociación; ataques a los colectivos LGTBI; hostigamiento a minorías étnicas no eslavas, entre otras) y, faltaba más, el de Milei.
La izquierda campista
Lo desarrollado hasta aquí pone en cuestión a la táctica y estrategia de lo que se conoce como la izquierda campista. Algo de esto ya explicamos con el caso del Euromaidán.
La tesis de la izquierda campista es que, a nivel global, existen dos campos (no clases sociales, sino campos) enfrentados, uno reaccionario y el otro progresivo. En el reaccionario están el imperialismo estadounidense y sus aliados. En el campo progresista todos los que se oponen a EEUU. A partir de esta división se razonan y adoptan las posiciones políticas. Si, por ejemplo, un aliado de EEUU ataca las libertades democráticas, será criticado por la izquierda campista. Pero si el autoritario o dictador es crítico de EEUU, la izquierda campista tendrá muchas más consideraciones, atenuantes y justificaciones. En esos casos las denuncias de represión y agresión a libertades democráticas serán invariablemente denunciadas como “inventos del imperialismo y de la derecha”.
Por esta vía se ampararon y amparan regímenes como el de Ortega en Nicaragua; Maduro en Venezuela; los Kim en Corea del Norte; al Assad en Siria; el Gadafi en Libia. En décadas anteriores, el asunto era defender intervenciones soviéticas en países de su órbita (Hungría 1956; Checoslovaquia 1968; Afganistán 1979) e inmundicias como los campos de concentración stalinistas, o el Muro de Berlín. En cualquier caso, el argumento de siempre es “mantener la unidad del campo anti-imperialista y socialista”. Y con el mismo argumento se promovieron frentes de colaboración con las "burguesías progresistas" (la táctica privilegiada de los partidos comunistas).
Esta fue entonces la brújula orientadora de la posición de la izquierda campista ante la invasión rusa a Ucrania: Washington y la OTAN eran el enemigo principal, el gobierno ucraniano un mero títere de estos, y Putin, con todos sus defectos, encabezaba el campo progresista. Por lo tanto, se adoptó un discurso que es casi un calco de lo que dice hoy Trump, en coincidencia con Putin: Ucrania no calificaba para ser una nación independiente. Rusia hacía bien en arrasar a ese país con bombas.
Una variante vergonzante del campismo
Agregamos el que llamamos “campismo vergonzante”. Son los partidos y militantes de izquierda que, si bien condenaron la invasión rusa, dijeron que Ucrania no debía recibir armas de la OTAN, o de las potencias occidentales. En otros términos, debía ser privada de los medios materiales para oponerse a la invasión. Un planteo coincidente con el reclamo ruso: que EEUU, Gran Bretaña, Francia, no enviaran armas a Ucrania. Una demanda que Trump acaba de satisfacer.
Otra coincidencia: algunos grupos del campismo vergonzante combinaron el pedido de no enviar armas a Ucrania con el slogan “guerra a la guerra”. Una fórmula que, dada, la invasión rusa, solo puede interpretarse como un llamado a deponer toda resistencia. Nueva coincidencia con una demanda de Trump: que Ucrania acepte la ocupación de parte de su territorio por Rusia y termine la guerra.
A su vez el campismo vergonzante reforzó su mensaje con la afirmación “la lucha por la autodeterminación nacional no tiene sentido en la era del imperialismo y los monopolios”. ¿Para qué resistir entonces? Es lo que dicen Putin y Trump. Con otro aditamento: ahora los campistas vergonzantes le echan la culpa a Ucrania por estar sometida a ocupación y dominación imperial colonialista. Algo así como ¿por qué resistieron? ¿No era más fácil rendirse de entrada porque “en nuestra época la liberación nacional es una demanda pro-imperialista”? ¿Cinismo? ¿Ignorancia? ¿Simple brutalidad?
Todavía otra coincidencia: el campismo vergonzante niega que Rusia haya sido el país agresor. Coincide con el voto argentino en la ONU, del 24/02. A su vez, la postura de Milei fue elogiada por el embajador ruso en Buenos Aires: “Argentina ha adoptado una posición equilibrada y constructiva”, dijo.
Para terminar: es prioritario defender el derecho a la autodeterminación nacional. Máxime cuando Washington anuncia un viraje hacia el colonialismo imperialista. Esto en el marco de que asistimos a un extendido ataque a derechos y libertades democráticas. Sin renunciar a la crítica de la democracia burguesa, defendemos las libertades burguesas contra esas tendencias. Es la perspectiva en la que se inscribe la crítica y el rechazo al pacto Trump Putin.
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